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Preludio a la nostalgia.

Te encontré en páginas pasadas, eras el mismo, pero sonriendo. Tenías tu mano sobre la mía, presionándola, diciendo con la mirada que todo estaría bien, y limpiando de mis mejillas las lágrimas que todavía no llegaban.

Después te seguí leyendo, y las lágrimas llegaron, y ahora no estás ni aquí ni allá para limpiarlas. Tengo un kleenex sin tu perfume y la canción con la que bailamos aquella noche, solos y encerrados, con tu cabeza sobre la mía y tus manos recorriendo mi espalda, pero eso no basta.

¿Lo recuerdas? Lo felices que éramos: todo nos pertenecía. Creíamos comernos al mundo, pero el mundo terminó comiéndonos a nosotros.

En las últimas páginas entendí todo, encontré todo. Como cuándo miras una película por segunda vez y te das cuenta de los errores de cámara; lo sé, extraña metáfora, pero nuestro director tomó un paseo y yo dirigí mal la obra. 

El autor del libro también huyó, dejó de escribirte y el final está inconcluso. No más páginas, tu nombre se ha borrado, y junto al mío sólo aparece un adjetivo:

Culpable.